Saber sentir antes que pensar

¿Dónde siento? Es la pregunta que se hace mi voz interior cada vez que me enfrento a una decisión.

Una pregunta de calibre existencial,una propuesta cualquiera, una invitación casual. Cosas simples y complicadas de la vida.

Creo que uno de los grandes logros de mi adultez ha sido siempre hacerle caso a lo que siento antes de a lo que pienso. Es decir, no es que vaya por la vida siendo puro sentimiento, pero sí pongo mucha atención a lo que siento físicamente cuando estoy racionalizando algo.

Si se me tensiona el cuerpo, si me da dolor de estómago, si me duele la cabeza, si se me acelera el corazón, si sudo frío, si me siento fuego por dentro, no lo desestimo. Es mi cuerpo conectado con mi espíritu y mi propósito mostrándome por dónde van las luces de mi camino.

Por eso, también he aprendido que decir NO es lo más liberador y saludable que uno puede hacer por sí mismo.

Decir NO a compartir con alguien que no te aporta nada; decir NO a un trabajo que no está alineado con tu consciencia, decir NO a quien te pide que pases por encima de tus valores, decir NO por ser fiel a uno mismo y jugársela toda por la propia verdad.

sentir antes que pensarQue mis hijos aprendan a estar en sintonía con sus sentimientos y actuar con coherencia, es una de mis metas más importantes como mamá. Que aprendan a ser antes que a hacer.

Que no duden nunca de su instinto, la forma más alta de sabiduría para mí.

Que hagan lo que tenga que hacer y lo que tengan que decir para ser fieles a su propósito.

Pienso en esto y mi hija me interrumpe para decirme:

“Mami, en clase de arte estamos aprendiendo dónde sentimos las emociones. Yo hoy pinté la rabia, que la siento en el estómago y subiendo hacia la cabeza. Es roja.Cuando me pongo triste, en cambio, el corazón se me pone azul”.

“Así es”- le digo. “Cada emoción tiene un lugar y un color. Si siempre los acompañas y los observas, tienes ya ganada gran parte de la felicidad”.

Así que la pregunta mágica que quiero que mis hijos nunca se olviden de hacerse es: “¿Dónde siento?”

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El valor de lo imperfecto

Ser mamá es contradecirse muchas veces en nombre de las circunstancias.

Ejemplo:

Escena 1: Mi hija de 5 años que ama dibujar y adora aprender sobre pintores.

Ella: Mami, este dibujo no me quedó perfecto.
Yo: Mi vida, ¿qué es perfecto para ti?
Ella: Que la cara no sea tan redonda, más cuadrada como las que pinta Picasso.
Yo: ¡Para mí está perfecta así redonda!
Ella: No, yo la quiero volver a hacer.
Yo: Como quieras, pero acuérdate que la belleza del arte es que no es perfecto. De hecho, nada en la vida es perfecto.

Escena 2: Mi hija desanimada porque no hubo clase de ballet.
Ella: ¡Yo quería tener clase de ballet hoy!
Yo: “Yo sé amor, pero mandaron un email diciendo que la profesora no se siente bien y no hay quién la sustituya”.
Ella: ¿Por qué?
Yo: Porque a veces pasan cosas inesperadas, fuera de nuestro control. Pero mira, ¡todo es perfecto! Ahora que no tienes clase de ballet podemos quedarnos un rato más jugando en la playa.

Esas contradicciones circunstanciales, mi hija las ha repetido en otros contextos:
Su abuela pintándole los ojos para jugar a Cleopatra.
Su abuela dice: “Espérate que este ojo no me quedó perfecto”
Ella: “¡Pero si nada es perfecto!”

lo-imperfectoAsí es. Nada es perfecto y de hecho es necesario que no lo sea. Porque es en la falla, el error, el defecto, lo que consideramos que falta para alcanzar el máximo grado de algo en donde se esconden los más profundos tesoros y aprendizajes de la vida.

Es en el dibujo imperfecto para los amantes del arte clásico, que apareció Picasso. Es en el color que traspasa la línea que nos damos cuenta de que la creación no tiene límites. Es en el pelo revuelto cuando debía estar impecable que se ve la belleza natural. Es en la nota equivocada que un músico encuentra su mayor motivación. Es en la entrevista fallida que el periodista encuentra su mejor camino. Es en el amor fracasado que se abre la puerta para el amor de la vida. Es en los pasos en falso que el bebé encuentra la seguridad para seguir caminando. Y así hay ejemplos hasta el infinito.

Qué importante enseñarle a los hijos el valor de lo imperfecto, el poder que tiene celebrar el “error”. Hacerles entender que lo que es, es lo perfecto.

Ya sé, es un concepto un poco enredado para explicárselo a una niña de 5 años. Yo, hasta hace poco lo entendí del todo.

Pero aquí lo resumo en estas frases simples que me oigo repetir en diferentes circunstancias a lo largo y ancho de mi maternidad:

Nada es perfecto.
Todo es perfecto.
Lo perfecto es lo que es.

Y por supuesto, no hay que olvidar, que todo es relativo.

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