Vivir sin perder el alma

Antes de ser mamá fui periodista, viajé por el mundo y viví en varias ciudades. Bucaramanga, mi ciudad de la infancia feliz; Bogotá, la que me formó como profesional; Los Angeles, donde me enamoré  y tuve varias de las experiencias más lindas de mi vida adulta. Buenos Aires, la ciudad que me dio claridad sobre mi propósito y Miami, la ciudad de mis hijos, donde sufrí la transformación espiritual más grande y desde donde escribo estas letras.

En todas esas ciudades me he revelado contra algo. En Bucaramanga, contra la mentalidad de provincia que a veces no deja crecer; en Bogotá, contra mi país en guerra; en Los Angeles, contra los esquemas tradicionales del amor; en Buenos Aires, contra el bullicio de las grandes ciudades, en Miami, contra la educación.

Es aquí y gracias a mis hijos, que me he dado cuenta de que no me gusta la educación tradicional. Es aquí también que me he dado cuenta de que el sistema de educación público de Estados Unidos tiene grandes problemas. Es aquí que me revelo contra los altos costos de la educación privada.

Soy una mamá que se queda en la casa, así que a mi hija la tuve conmigo hasta los 3 años. Hicimos de todo juntas: clases de música para bebés, clases de pintura, clases de natación y más que nada, disfrutarnos con toda el alma.

Cuando quedé embarazada por segunda vez pensé en que era tiempo de ponerla en un Jardín Infantil para que ella estuviera unas horas ahí, aprendiendo y pasándola bien mientras yo le dedicaba unas horas a su hermanito.

Todo resultó perfecto: A sus tres años cumplidos, la inscribí en un Jardín Infantil que acababa de inaugurarse a pocas cuadras de nuestra casa y que tiene la filosofía educativa que más me gusta:  Reggio Emilia.

Dos años gozamos de la felicidad de ese lugar tan especial. Dos años en los que me reafirmé en que en la vida lo más importante es ser feliz.

La crisis llegó cuando tuvimos que buscar un colegio para ella. Los privados, que hay varios, no están en este momento al alcance de nuestras finanzas.  Y los públicos que nos corresponden por la zona donde vivimos no son de la mejor calidad, pero sobretodo, no cumplen con mi idea de una educación holística, son impersonales, masifican, cumplen con enseñar lo que el Estado les exige y adoctrinan en competencia y memorización.

No es lo que sueño para mis hijos, no es lo que pienso que necesita el mundo.

Así que por este año, que ella está en Kinder, decidimos hacer homeschooling, o educación en casa. Ya llevamos 5 meses y ha sido una experiencia maravillosa que quiero compartir aquí -entre otras cosas relacionadas con mi maternidad y lo que pienso de la vida- mientras sueño con crear una escuela en la que lo más importante sea cuidar los sueños, los talentos y las emociones de cada niño, tener pensamiento crítico, dejar que cada niño marque el camino de su aprendizaje  y sobretodo, recordarles que la clave del éxito es nunca desconectarse de su corazón; vivir sin perder el alma.

Hoy más que nunca, cuando lo que pasa en el mundo parece ponerse en contra del amor, hay que hacer una revolución desde la consciencia. Desde mi esquina del mundo, en el día a día con mis hijos que son parte del futuro de este mundo, a eso me comprometo. Porque el éxito no es nada más que ser quien uno es, aceptarse, respetarse, quererse para poder hacer lo mismo con los otros y de a poquito, pero con pasos significativos, lograr un “corazón conectado con el cielo y el mar”,  como el título de la pintura que es el logo de esta página, un cuadro hecho por mi hija cuando tenía 4 años.

“No hay un solo esfuerzo más radical en su potencial del salvar al mundo que transformar la manera cómo criamos a nuestros hijos”.

-Marianne Williamson