Siempre hay otra manera de hacer las cosas

Cuando cuento la historia de mis dos partos caseros, siempre hay una reacción fuerte, ya sea de admiración por haber hecho algo simplemente humano, milenario e instintivo –parir- o de señalarme con el dedo por “irresponsable”: ¿Cómo pude arriesgarme de esa manera?

No soy una hippie enemiga de la medicina moderna y agradezco todos los días que existan médicos (por ejemplo, mi papá) y hospitales. Antes de tener hijos imaginaba que los tendría ahí, con un obstetra maravilloso. Pero las ideas que uno tiene de la vida van cambiando, no tanto por lo que uno ve a su alrededor, pero por lo que uno ve adentro suyo. Así aprendí que las parteras son igual de preparadas que los médicos obstetras y que parir con dolor es algo posible e incluso, maravilloso.

Suena raro, yo sé.
Porque nos han enseñado a huirle a ese dolor.
Porque nos han dicho que es el médico el que nos debe dar las instrucciones para dar a luz.
Porque existe el miedo (muy válido) de que algo pueda salir mal.

Solo puedo decir que la decisión de tener a mis hijos en la casa era más fuerte que yo. Venía de muy adentro –literalmente- porque estoy segura que fueron mis bebés los que me guiaron para tomar el camino que les permitió nacer como ellos quisieron. Son ellos los que me han enseñado desde el principio que siempre hay otra manera de hacer las cosas.

No me juzguen ni se rían: creo que cada quién elige el momento de venir a este planeta; pienso que cada bebé elige a sus papás y a su familia porque son ellos los acompañantes perfectos para su misión del alma.

“Mami, cuando papi y tú se casaron yo vi todo desde un cohete”, me dijo mi hija cuando cumplió cuatro años. Cuando ve las fotos de nuestro matrimonio, me ha dicho más de una vez, “¿y a mí con quién me dejaron?”. Antes de que yo pueda responderle, ella misma lo hace: “cierto, eso era cuando yo todavía estaba dando vueltas por el cielo”.

Quizás ella, la que volaba en un cohete esperando el momento para aterrizar en mi panza y dictarme que la debía parir en la casa, es también la culpable de mi deseo de escapar del modelo tradicional de educación que existe en Estados Unidos, país donde vivo. Un sistema educativo que no considera al SER humano, sino al hacer humano. Un libreto caducado de la revolución industrial en el que se adiestra, se entrena y se adormece a los niños que no tienen más remedio que olvidarse de su espíritu.

“¿De dónde vienes , a dónde quieres llegar y cómo puedo ayudarte?” Esta debería ser la pregunta que nos hacemos los papás,  cada vez que nos enfrentamos a una decisión tan importante como la de elegir el tipo de educación que queremos para nuestros hijos. No para que sean millonarios, no para que sean exitosos (en el sentido de la competencia), sino para ayudarles a cumplir con su propósito del alma.

Por eso me encanta la pedagogía Reggio Emilia, que acompañó a mi hija en sus dos primeros años de pre escolar. Por eso quería con toda el alma encontrar un lugar en el que ella siguiera siendo la protagonista de su aprendizaje. Por eso fue duro tomar la decisión de no matricularla en el colegio Montessori que parecía perfecto para que ella hiciera Kínder y primaria, porque no iba a ser lo mejor para nuestras finanzas.

Sin embargo, hoy me alegro. Fue gracias a eso -cuando nos asaltó un poco la inseguridad sobre qué hacer- que fuimos a la orientación de una escuela pública en la que la profesora no miró un segundo a los niños para dirigirse a ellos; en la que sólo les habló para pedirles silencio e indicarles cómo se debían sentar. Una profesora de Kínder que  se limitó a hacer presentación en Power Point para dar la lista de todo lo que NO se puede hacer en la escuela (¿y lo que sí se puede hacer?). Una lista interminable de reglas y prohibiciones narrada con toda la minucia, pero nunca un gesto de cariño hacia los niños de 5 años que estaban ahí dispuestos a conectar con ella, su supuesta compañera de viajes y aprendizajes.

Mi corazón confirmó entonces que ese no era el lugar para nosotros. La expresión de mi marido me dijo que él se sentía igual (qué alivio). Miré a mi hija y estaba sentada junto a los otros niños escuchando con cara de pregunta palabras como: fracaso, fallas,  examen, test, faltas, tarjeta roja, time out, calificaciones. 

La profesora repetía con énfasis las palabras “fracaso”y  “fallas” a un público de niños de cinco años que sólo deberían preocuparse por jugar, descubrir  y aprender a convivir.

Mi hija esperó a que la charla terminara para decirme al oído: “Mami, yo no me siento bien aquí”.

No necesité nada más.

“Yo tampoco”, le dije. “Vamos a buscar otra manera de que aprendas este año”.

Salimos de ahí corriendo como liberados de una experiencia que no era nuestra.

Y entonces hice lo que siempre hago cuando tengo los sentimientos vibrando con mucha fuerza en mi panza: lanzarme al agua, lanzarnos a todos y apostarle a un año de educación por fuera del sistema tradicional.

“¿Por qué haces homeschooling?” me preguntan muchas personas con curiosidad. Para no contar esta larga historia, yo simplemente sonrío y respondo de la misma manera que cuando me preguntan por qué tuve a mis bebés en la casa:

“Porque siempre hay otra manera de hacer las cosas”.

[La foto de esta entrada pertenece a mi archivo personal. Por favor no reproducirla sin mi permiso, gracias].

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